Si los judíos no tuviesen que afrontar más que el antisemitismo profesional, su drama se vería sensiblemente disminuido. Enfrentados de hecho con la casi totalidad de la humanidad, saben que el antisemitismo no representa un fenómeno de época, sino una constante, y que sus verdugos de ayer empleaban los mismos términos que Tácito...

Si atormentan su conciencia, lo hacen para procurarse sensaciones. Y se procuran aún más si atormentan la vuestra. En cuanto descubran algunos escrúpulos, algún desgarramiento o la presencia obsesiva de una falta o de un pecado, ya no os soltarán, os obligarán a exhibir vuestro problema o a gritar vuestra culpabilidad, mientras ellos asisten, sádicos, al espectáculo de vuestra zozobra. Llorad si podéis: eso es lo que esperan, impacientes de emborracharse con vuestras lágrimas, de chapotear, caritativos y feroces, en vuestras humillaciones, de regodearse con vuestros dolores.

Representa la existencia separada por excelencia o, para emplear una expresión con la que los teólogos califican a Dios, lo absolutamente otro. Consciente de su singularidad, piensa en ella sin cesar y no la olvida jamás; de dónde le viene ese aire forzado, crispado; o falsamente seguro de sí, tan frecuente entre los que llevan la carga de un secreto.

En lugar de enorgullecerse de sus orígenes, de exhibirlos y proclamarlos, los camufla: pero ¿acaso su suerte, distinta a cualquier otra, no le confiere el derecho de mirar con altanería a la turba humana? Siendo víctima, reacciona a su manera, como un vencido sui generis. Por más de un aspecto, se emparienta con esa serpiente de la que hizo un personaje y un símbolo. No vayamos, sin embargo, a creer que él también tiene la sangre fría: sería ignorar su verdadera naturaleza, sus apasionamientos, su capacidad de amor y de odio, su gusto por la venganza o las excentricidades de su caridad. (Ciertos rabinos hasidicos en nada ceden a los santos cristianos).

Excesivo en todo, emancipado de la tiranía del paisaje, de las ingenuidades del arraigamiento, sin ataduras, acósmico, es el hombre que nunca será de aquí, el hombre venido de otra parte, el extranjero en sí, y que no podría sin equívoco hablar en nombre de los indígenas, de todos. Traducir sus sentimientos, convertirse en su intérprete, ¡qué tarea le representaría, si lo pretendiese!

Mejor y peor que nosotros, encarna los extremos a los que aspiramos sin alcanzarlos: es nosotros más allá de nosotros mismos... Como su capacidad de absoluto supera a la nuestra, ofrece, para bien y para mal, la imagen ideal de nuestras capacidades.

Su soltura para el desequilibrio, la rutina que ha adquirido en él, le convierte en un desquiciado, experto en psiquiatría como en toda clase de terapéuticas, un teórico de sus propios males:

no es como nosotros, anormal por accidente o por esnobismo, sino naturalmente, sin esfuerzo y por tradición: tal es la ventaja de un destino genial a la escala de un pueblo. Ansioso entregado a la acción, enfermo incapaz de guardar cama, se cura mientras avanza. Sus reveses no se parecen a los nuestros; hasta en la desgracia rechaza el conformismo. Su historia es un interminable cisma.

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Pero me refiero, en todo ello, a mi apego al Antiguo Testamento, el culto que siempre he profesado a su libro, providencia de mis desenfrenos o de mis amarguras. Gracias a él comulgué con ellos, con lo mejor de sus aflicciones; también, gracias a él y a los consuelos que de él saqué, muchas de mis noches, por inclementes que fuesen, me parecieron tolerables. Esto no pude olvidarlo ni siquiera cuando me parecieron merecer su oprobio. Y es el recuerdo de ésas noches en las que, por los agudos rasgos de ingenio de Job y de Salomón, estuvieron tan a menudo presentes, el que legitima las hipérboles de mi gratitud. ¡Que otro les haga la ofensa de tener respecto a ellos opiniones sensatas!

A su lado, los primeros cristianos parecen oportunistas: seguros de su causa, esperaban alegremente el martirio. Exponiéndose a él, no hacían por lo demás sino reverenciar las costumbres de una época en la que el gusto por las hemorragias espectaculares hacía fácil lo sublime.

Completamente distinto es el caso de los judíos. Rehusando seguir las ideas de su tiempo, la gran locura que se apoderaba del mundo, escaparon provisionalmente a las persecuciones. Pero ¡a qué precio! Por no haber compartido los sinsabores momentáneos de los nuevos fanáticos, iban después a soportar el peso y el terror de la cruz, pues es para ellos, y no para los cristianos, para quien llegó a ser símbolo de suplicio.

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Negar su coraje es desconocer el valor, la alta calidad de su miedo, que en ellos es un movimiento, no de retracción, sino de expansión, comienzo de ofensiva. Pues este miedo, contrariamente a los asustadizos y a los humildes, ha sido convertido por ellos en virtud, en principio de orgullo y de conquista. No es fláccido como el nuestro, sino erguido y envidiable, hecho de mil espantos transfigurados en actos.

Lo que a nosotros nos inmoviliza, a ellos les hace caminar y saltar: no hay barrera que no escale su pánico itinerante. Son nómadas a los que el espacio no basta y que, más allá de los continentes, buscan no se sabe qué patria. ¡Fijaos en la soltura con que recorren las naciones! Fulano, que nació ruso, es ahora alemán, francés, después americano o cualquier otra cosa. Pese a estas metamorfosis, conserva su identidad; tiene carácter, todos ellos lo tienen.

¿Les complació el papel de indeseables? ¿Querían desde el principio estar solos en la Tierra? Lo que es cierto es que aparecieron durante largo tiempo como la encarnación misma del fanatismo y que su inclinación por la idea liberal es, más que innata, adquirida. El más intolerante y el más perseguido de los pueblos unió el universalismo al particularismo más estricto. Contradicción de su naturaleza: es inútil intentar resolverla o explicarla.

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Clitemnestra


gentiles y no gentiles

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